Luis Salvago*
El telegrafista
Menoscuarto
Ediciones. 2024
Un hombre rememora en una
sala de hospital una vieja amistad. Se inicia antes de que estalle la guerra
civil española, pasará por momentos con demasiados claroscuros. Incluso un
hecho les distanciará, no sin recelos, reproches, culpas y resentimientos. La
guerra les llevará a reencontrarse y a que surjan no pocos de los sentimientos de
antaño entre los dos hombres. La narración de la historia de esa amistad
conduce también a afrontar unos hechos de la propia guerra civil, en concreto
un momento de la misma y un espacio, Belchite, uno de los lugares donde la
confrontación fue más cruda y la cotidianidad devino áspera, desagradable,
corrosiva.
Hablamos de una novela
que cose de un modo sutil varios tiempos narrativos, unos se explican por los
otros, se vinculan entre sí, al fin y al cabo el pasado sigue presente, afirma
en un momento dado el narrador, como si el tiempo fuera acumulativo, con todo
el daño y el dolor que reporta el recuerdo, con la tentación del olvido ante un
tiempo resbaladizo. Aunque tal vez lo que es resbaladizo sea la vida.
Por lo demás, no hay en
la mirada del narrador ningún atisbo de heroicidad respecto a la guerra,
incluso la contempla como un lugar ilusorio donde se dirimen los rencores. No
cabe la lealtad absoluta, siempre hay resquicio para la duda. Ante el horror de
la guerra, se acude a la humanidad, a un sentimiento de solidaridad básico en
el que no caben los grandes ideales, sino la cercanía. Sólo así se explica que
la proximidad devenga la forma de resistirse a los infortunios de un conflicto
que, en efecto, no tiene nada de heroico, sí en cambio de gestos cotidianos de
generosidad y comprensión mutuos. También de horror. De este modo, la
referencia constante a varios grabados de Goya, los de la serie que el pintor
reunió bajo el título de los desastres de la guerra, cobra pleno sentido.
El resultado es una
novela intimista, precisa en sus descripciones y en los tiempos. El lector
asistirá a la evolución de los personajes con los que sin duda se identificará,
los sentirá próximos. Es justo esa actitud humana lo que será determinante para
considerarlos en toda su amplitud, los que les volverá cercanos, sensibles. La
compasión se convierte en este sentido en un sentimiento positivo, básico. A
partir de él se estrechan los lazos y las solidaridades.
Luis Salvago consigue
desplegar un mapa temporal afinado gracias al cual vamos intuyendo unos hechos
y unos gestos, los contemplamos por medio de un lenguaje preciso, atinado, sin
necesidad de juzgarlos, ni siquiera de justificarlos, sino comprendiéndolos
como paso previo a asimilar la realidad de los mismos. Por otro lado, el autor
logra transmitir una atmósfera sombría, sin que nos lleguemos a asfixiar, sin
embargo.
El resultado es una
novela que se convierte a su vez en un retablo minucioso de la guerra y de la
vida que, pese a todo, persiste tras los horrores de lo cotidiano, un
testimonio de humanismo y sensibilidad, descrito todo ello con una intensa
prolijidad literaria.
*Publicado en www.nevandoenlaguinea.com el 3 de agosto de 2024






