Luis
Mateo Díez
La fuente de la edad
Espasa
Calpe
Este año tan extraño que
está a punto de acabar ha sido también el de Luis Mateo Díez, que ha visto
reconocida su trayectoria literaria con el Premio Nacional de Literatura. Ni
qué decir tiene que los premios poseen siempre algo de arbitrario –¿por qué
este escritor y no aquel? – y caprichoso –vienen determinados por el criterio
de quienes los otorgan–, pero tampoco está mal que se nos recuerde la aportación
de algunos autores, se les premie y gracias a ello muchos lectores descubran
una obra encomiable o el galardón se vuelva una invitación a leerlos de nuevo,
reconociendo, como es el caso, su buen hacer.
Hay que tener en cuenta
también que este autor forma parte de un grupo literario de narradores que
emplean un habla preciso y pulcro con el que logran verdaderas filigranas
literarias, son verdaderos alabarderos
del lenguaje, y han sido –y lo siguen siendo muchos de ellos– contadores de
historias y creadores de personajes y espacios que envuelven un relato o una
recua de relatos, en la mejor tradición de los filandones. Hablamos de José
María Merino, de Juan Pedro Aparicio o de Julio Llamazares, por citar a los de
León, pero podríamos hablar también de Javier Pérez Reverte, otro apasionante contador
de historias y que murió este año, de Juan José Millás o de Manuel Vicent, por
citar a autores nacidos en la década de los cuarenta, los que vivieron el
inicio de su madurez entre dos regímenes políticos, con la guerra incivil
todavía presente pero ávidos de cierta normalidad vital y social.
Recuperar gracias al
premio antes referido a Luis Mateo Díez es recuperar La fuente de la edad, una novela que obtuvo en 1987 el Premio
Nacional de Narrativa. En él se cuenta las andanzas de una cofradía de
personajes letraheridos y curiosos de
una pequeña ciudad de provincias en la década de los cincuenta que deciden,
influidos por la obra de un erudito local ya fenecido, la búsqueda de una
fuente cuyas aguas brindan la eterna juventud. Ello dará lugar a un sinfín de
intrigas, hablillas y fantasías, una serie de encuentros con personajes y
situaciones extravagantes y un tanto desatinadas, sin que al final el objetivo se
logre, y no sólo ello, sino que se convierta en habladuría y burla, lo que
motivará una venganza estrafalaria.
Para quienes gusten
descubrir ecos de la tradición literaria esta novela proporciona no pocos
alicientes, entre líneas asoman El libro
del buen amor, El lazarillo, las cantigas medievales, El Quijote, Ramón María de Valle-Inclán o Eugenio Granell.
Aun cuando los personajes
resulten un tanto risibles a veces, no hay duda de que hay algo en ellos que
resulta entrañable, ese deseo por ejemplo de vivir la magia de los mitos, de
las fábulas y las quimeras, su asombro por lo que hay más allá de lo cotidiano
frente a una realidad gris, ese darse de bruces con lo absurdo rutinario. Sin
duda es una de las novelas más recomendables del último cuarto del siglo XX.

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