viernes, 11 de diciembre de 2020

Luis Mateo Díez. La fuente de la edad

 


Luis Mateo Díez

La fuente de la edad

Espasa Calpe

 

Este año tan extraño que está a punto de acabar ha sido también el de Luis Mateo Díez, que ha visto reconocida su trayectoria literaria con el Premio Nacional de Literatura. Ni qué decir tiene que los premios poseen siempre algo de arbitrario –¿por qué este escritor y no aquel? – y caprichoso –vienen determinados por el criterio de quienes los otorgan–, pero tampoco está mal que se nos recuerde la aportación de algunos autores, se les premie y gracias a ello muchos lectores descubran una obra encomiable o el galardón se vuelva una invitación a leerlos de nuevo, reconociendo, como es el caso, su buen hacer.

Hay que tener en cuenta también que este autor forma parte de un grupo literario de narradores que emplean un habla preciso y pulcro con el que logran verdaderas filigranas literarias, son verdaderos alabarderos del lenguaje, y han sido –y lo siguen siendo muchos de ellos– contadores de historias y creadores de personajes y espacios que envuelven un relato o una recua de relatos, en la mejor tradición de los filandones. Hablamos de José María Merino, de Juan Pedro Aparicio o de Julio Llamazares, por citar a los de León, pero podríamos hablar también de Javier Pérez Reverte, otro apasionante contador de historias y que murió este año, de Juan José Millás o de Manuel Vicent, por citar a autores nacidos en la década de los cuarenta, los que vivieron el inicio de su madurez entre dos regímenes políticos, con la guerra incivil todavía presente pero ávidos de cierta normalidad vital y social.

Recuperar gracias al premio antes referido a Luis Mateo Díez es recuperar La fuente de la edad, una novela que obtuvo en 1987 el Premio Nacional de Narrativa. En él se cuenta las andanzas de una cofradía de personajes letraheridos y curiosos de una pequeña ciudad de provincias en la década de los cincuenta que deciden, influidos por la obra de un erudito local ya fenecido, la búsqueda de una fuente cuyas aguas brindan la eterna juventud. Ello dará lugar a un sinfín de intrigas, hablillas y fantasías, una serie de encuentros con personajes y situaciones extravagantes y un tanto desatinadas, sin que al final el objetivo se logre, y no sólo ello, sino que se convierta en habladuría y burla, lo que motivará una venganza estrafalaria.

Para quienes gusten descubrir ecos de la tradición literaria esta novela proporciona no pocos alicientes, entre líneas asoman El libro del buen amor, El lazarillo, las cantigas medievales, El Quijote, Ramón María de Valle-Inclán o Eugenio Granell.

Aun cuando los personajes resulten un tanto risibles a veces, no hay duda de que hay algo en ellos que resulta entrañable, ese deseo por ejemplo de vivir la magia de los mitos, de las fábulas y las quimeras, su asombro por lo que hay más allá de lo cotidiano frente a una realidad gris, ese darse de bruces con lo absurdo rutinario. Sin duda es una de las novelas más recomendables del último cuarto del siglo XX.

 

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