Cecilio
Olivero
Poemas
con nocturnidad
Ediciones
Vitruvio
Uno a veces se pregunta
qué sentido tiene escribir poesía en estos tiempos de Whatsapp y de redes
sociales, pero también de mayor soledad. Al igual que el poeta aquí reseñado, y
perdonen que me entrometa tanto, uno tampoco le encuentra mucha sensatez a esta
vida cotidiana. No es baladí el comentario: la poesía en buena medida se nutre
de cotidianidad y de rutinas con relación a un hipotético sentido global o
parcial de la misma, de la poesía o de la vida, acaso sean lo mismo, y no son
pocos los autores que han convertido la aparente normalidad, no sé si nueva o
añeja, pero bien trillada en todo caso, en materia literaria con extraordinaria
brillantez.
Puede resultar en
definitiva tópico y victimista esto del sentido de la poesía hoy, por seguir con
la cuestión, en todo caso habría que asumir que lo de escribir y leer poemas sólo
es cosa de los poetas y de cuatro amigos despistados, aunque puede que sea
mejor dejar de preguntárselo, en el fondo no hay debate, e incorporarlo a la
rutina sin más. «Escribo poemas y veo
televisión», afirma el autor de este poemario, provocador y exagerado: esta
es, al fin, la actitud, una poesía exenta de misticismos, atada a la tierra, a
la vida cotidiana.
Así que quien se provea
de este poemario se va a encontrar con una reflexión sobre lo cotidiano y un
ejercicio de nostalgia –«ya no son de
purpurina los sábados noche»–, una vaga reflexión sobre la vida y, sí,
también un cierto ajuste de cuentas velado. Habrá quien piense que no es nada
nuevo, y no, no lo es, pero desde los tiempos de Enheduanna, hace cuatro mil
años, se repiten los temas, los llaman tópicos, y siguen teniendo para muchos
un significado. O por lo menos sigue siendo motivo de reflexión y cada poeta
aporta su mirada. Bienvenida sea. Respecto a la originalidad, obsérvese que
este término no se refiere tanto a lo novedoso, sino al origen. Por algo será.
De este modo, seguimos
con el fracaso, el paso del tiempo, la muerte, la amistad, los recelos, la
paternidad, la marginación social, la condición de hijo o la mirada sobre sí
mismo, aspectos todos ellos en que se van desgranando los grandes temas de la
vida. Hay incluso una reflexión sobre la necesidad de cambiar el mundo, aunque
el autor presagia que cualquier intento en tal sentido lleve posiblemente a
empeorarlo. Introduce para darle más empaque la anécdota del transportista de
una empresa de distribución cuyo acto de rebeldía apenas rompe las reglas de
juego, rebeldía fugaz aunque sin duda feliz.
Es una propuesta más,
pero interesante, un nuevo intento de reestablecer el orden que brinda toda
poesía meditada, un libro que requiere, como todos los poemarios, una lectura
pausada y cómplice. Vale la pena enfrentarse a él, poco a poco, sin prisas, con
paciencia. La vida misma.
Publicado en la revista Nevando en la Guinea el 9 de diciembre de 2020

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