Kepa
Murua
La Carretera de la costa
El
Desvelo Ediciones, 2020
Da la impresión de que la
literatura, y más en concreto la literatura vasca, comienza a narrar aquellos
años del conflicto, los años de plomo. Al menos son ya varios los títulos que
cuentan historias, más o menos ocultas, más o menos cotidianas, que contienen
como trasfondo una confrontación que se dio durante la segunda mitad del siglo
pasado con enorme vehemencia. No son pocos los autores que rompen un silencio
generalizado en el País Vasco, en sus calles, y casi también en sus
instituciones.
Por lo demás, nadie que
recorra los pueblos y ciudades de Euskal Herria en estos últimos diez años sin
tener una idea precisa de lo que ocurrió durante los más de diez lustros
anteriores podría creerse que hubo un conflicto, con víctimas reales y
consecuencias trágicas. «El silencio
parece que lo cura todo», afirma en un momento dado el narrador de La Carretera de la costa, esta novela
del escritor Kepa Murua que ahora reseñamos, y no es así, lo sabemos, el
silencio no cura nada, aunque no siempre acertamos a verbalizar tanto dolor.
Una vez más, la
literatura nos sirve para adentrarnos en una zona que no siempre estamos dispuestos
a recorrer y que resulta a menudo más incisiva que otros acercamientos al
conflicto. De este modo, el autor nos aproxima a un hecho que, además, no
admite discusión: el asesinato de una persona al que el comando confunde con
otra, error incluso reconocido por la organización, difícil de asumir para
quien lo ejecuta, alrededor de lo cual el narrador va trazando un mapa
alrededor de la víctima y de la mirada traumatizada y traumatizante de la hija
pequeña del asesinado.
A partir de aquí se
despliega ese mapa de lugares físicos y emocionales, de personajes que están en
uno u otro lado, o en ninguno, en medio de la escena o en sus márgenes. A
medida que avanzamos por los ejes del mapa – novela contemplamos un complicado
poliedro por el que se mueven todos los personajes, narrador incluido, que sin
duda necesita escribir esta novela tal vez para resituarse él mismo en el mapa
de su escritura. Huye de una épica de buenos y malos que es muy simplificadora,
sin que eso signifique que se tienda a un relativismo que desde luego esta
novela no posee, hay un punto de vista incluso moral que no se oculta, sin que
por ello, por ese posicionamiento, se deshumanice a nadie, aunque no se
justifique de modo alguno lo que a todas luces es un crimen. Al final
recorremos esa carretera que bordea el mar, eje del mapa y por tanto de la
novela, y que nos permite contemplar un tiempo y un lugar que no fueron desde
luego nada fáciles. Que no nos pueden dejar indiferentes.
Es de lectura muy
necesaria para quien quiera adentrarse en la intrahistoria de aquellos años en
el País Vasco.

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