Aroa
Moreno Durán
La bajamar
Literatura
Random House, 2022*
«No sé cuál es la distancia real que separa el pasado del presente»,
se pregunta Adriana, que junto a su madre, Ruth, y su hija, Adirane,
protagonizan esta novela repleta de sombras, de silencios, de ausencias, de
secretos y heridas, enmarcado todo ello por un pasado que empuja de forma
inexorable sobre el presente, tanto el individual como el colectivo, imposible
separarlos, y del que todos formamos parte, venimos de él y nos reconocemos en
mayor o menor medida.
Atrapadas por el tiempo
que pasa de un modo tan ineludible, por los hechos dejados atrás y que
constituyen la argamasa de la historia, contra cuya memoria no parece que haya
presto botiquín alguno, las tres mujeres se enfrentan a esos huecos que
procuran rellenar mediante palabras susurradas o palabras pensadas, unas
palabras a menudo tan fundamentales como el más importante de los órganos de un
cuerpo, pero que en ocasiones no se llegan a pronunciar, permanecen en ese
lugar recóndito de la memoria, en un silencio tan presente como la penumbra, y que
también va perfilando la realidad, la vida misma, muchas veces con más proyección
que la realidad, palabras de tres mujeres que son madres y por tanto se
enfrentan a la necesidad de transmitirla mediante ellas, como ese hilo rojo que
vincula a las generaciones sucesivas. Es lo que inicia Adirane, nieta, hija y
madre, con esa búsqueda de la historia de su abuela que es una búsqueda de sí
misma, también de su madre, en un momento de crisis personal.
Porque las palabras son,
al fin, importantes siempre, en la vida y desde luego en una novela, cómo no
podía ser de otra manera, hablamos de la materia prima de la literatura, aunque
estemos en una época que no parece darles la importancia que merecen. Pero
además las palabras son fundamentales en este relato, las que ha escrito Aroa
Moreno Durán resultan contundentes, precisas, en ocasiones de un tremendismo
literario conmovedor, y construyen frases que cercenan al lector sin avisar, lo
noquean, imposible mantenerse indiferente. Hay que ser una narradora brillante
para lograr tajar de esta manera su relato y describir también la realidad de
los últimos ochenta años en el País Vasco, una realidad que no sólo se queda en
los grandes hechos, sino que moldea la vida, la de las tres mujeres, la de
quienes las rodean, la nuestra incluso, los lectores que asistimos a las tres
vidas, que leemos cómo no pudieron escapar a la guerra, a sus consecuencias o a
la cotidianidad del horror, a una violencia que invade cada hueco de nuestras
vidas, dejándosenos muy claro la imposibilidad de que todo lo que ocurre a
nuestro alrededor no nos afecte al fin, sintiéndonos además tan próximos a
ellas, parte incluso de lo contado.
Asistimos de esta forma a
una realidad que nos envuelve, somos partícipes incluso de ella, reconocemos
gestos, retazos de la historia reciente, astillas de comportamientos adquiridos
entre silencios y palabras a medio decir, todo ello envuelto entre esas frases
rotundas que no nos permiten relajarnos, impactan, nos van revolviendo a medida
que avanzamos en el relato. Estamos ante una novela vital, en todos los
sentidos del adjetivo, con un estilo que impresiona, se enlaza con las
emociones, las decisiones y las vivencias de estas tres mujeres, frases que perturban
y que la convierten en un texto esencial, sin duda una obra fundamental que a
todas luces no puede pasar desapercibida.

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